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Historia de terror

El éxito de una película de género que incorpora el pasado reciente.


Con dos ex miembros de la Triple A como villanos, Sudor frío fue vista por 60 mil espectadores. Cinéfilos y políticos debaten sobre la utilidad de incorporar la historia a la ficción.

A partir de la recuperación de la democracia, el cine nacional ha ido experimentando distintas formas de abordar lo acontecido durante la dictadura militar, en general mostrando las consecuencias trágicas para toda la sociedad. 
 
Y en los últimos años, una nueva camada de directores se atrevió a tomar episodios históricos como elementos para desarrollar películas de género –el thriller en el caso de Crónica de una fuga, el policial romántico en El secreto de sus ojos–. 
 
Pero hasta ahora, nadie se había atrevido a combinar las prácticas espantosas de los ’70 con un film de terror gore, donde la sangre y el sadismo están a la orden del día. 
 
Hace un tiempo, se podía imaginar una cierta resistencia a tener que ver en la pantalla las atrocidades cometidas en el seno mismo de la sociedad durante los tristes años de dictadura militar.

Pero esa es una de las características principales del flamante film de terror Sudor Frío, que en sus dos primeras semanas de exhibición fue visto por 60 mil espectadores, según la compañía porductora,
Pampa Films. 
 
El director platense Adrián García Bogliano clarificó las aguas al definir su obra como “una película catártica y explosiva” en donde buscó hacer algo “alejado del cine de terror climático tipo Actividad Paranormal para centrarnos en algo mucho más visceral y con elementos claramente referenciales a la cultura y a la historia argentina”.

El argumento de la obra no sólo resulta escalofriante sino que, además, genera terror al graficar algunas de las tantas prácticas de tortura utilizadas bajo el terrorismo de estado.
 
 
Sudor frío gira en torno a un joven (Facundo Espinosa) que busca, con la ayuda de su amiga incondicional (Marina Glezer), a su novia (Camila Velasco), que lo ha dejado por un muchacho al que conoció a través de Internet.  
 
Ambos llegan a una casa antigua donde viven dos asesinos que pertenecieron a la organización paraestatal Triple A
 
En esa casona de La Plata esconden un cargamento de 25 cajas de dinamita perdido en los ’70 luego de un confuso enfrentamiento con el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). 
 
Para ciertos personajes de la política, la presencia de obras relacionadas con los crímenes de lesa humanidad han ido madurando con el pasar de los años. 
 
Así de específica es la opinión de Carlos Raimundi, ex diputado y actual dirigente de Solidaridad e Igualdad (SI) para quien tarde o temprano la sociedad puede ir procesando sus ansias de venganza: “El cine como expresión artística de la sociedad tenía que llegar al relato histórico. Me parece saludable la manera en que se lo está abordando. Creo que en estos treinta y cinco años la sociedad pudo abrir las compuertas de la verdad, la justicia y la memoria. Ha quedado inscripto significativamente y lo ha ido metabolizando. Este tipo de cine expresa eso: una sociedad que no olvida pero que ha canalizado maduramente esa reparación”. 
 
En cambio, el actor y cinéfilo Sebastián de Caro traza un límite en lo que la película quiere mostrar, más allá de lo que ese contexto histórico haya dejado en la realidad actual: “No hay que ser tan solemnes en pos de lo dramático. Sudor Frío me pareció muy interesante. Darle un anclaje con el marco histórico del pasado argentino es muy bueno. El cómic de nuestro país lo ha hecho infinidad de veces. Pero lo que debe mandar es la película y el grado de correlato no debe ser exigente. Si sirve para discutir mejor, pero a veces es peligroso tratar de abordar lo histórico”. 
 
Para, De Caro, el uso de estos recursos conlleva riesgos: “No sacralicemos –agrega–. Sólo se trata de darle un marco dramático. No necesitamos que una película nos enseñe a vivir como pretendieron hacerlo con Un lugar en el mundo, donde no hacían más que bajar línea. Hay gente que se enamora de las cosas y esto puede ser peligroso. Por más que haya un mensaje político y se quiera hacer trascender las ideologías, estas no forman parte de una ambición cinematográfica”, sostiene De Caro.

Para el político y actor
Luis Brandoni, el mérito del film no es tanto el qué sino el cómo se dice. “Toda película tiene una dosis de fantasía –comenta–. Y si bien uno puede de inmediato asociar a este film con la dictadura, otros la pueden asociar correctamente con la trata de blancas”. 
 
Para la diputada del Movimiento Libres del Sur, Victoria Donda, este tipo de cine es ante todo una necesidad: “Me parece sano que como sociedad podamos ver una película que cuenta lo que pasó bajo la dictadura. Porque ahí comprobamos que hubo sujetos, civiles o milicos, que fueron parte del terror de Estado. Todos esos personajes siniestros evidentemente existieron y fueron responsables de muchísimas atrocidades”, dice la diputada.

Al paso en que la verdad llega al cine, esta tendencia se repite con éxito y buena cantidad de espectadores. Sacar del baúl las colectas del pasado –
sean estas buenas o malas– da sus resultados.
 
Por Lucas Cremades.

Fuentes: Revista VEINTITRÉS/ElArgentino.Com
Foto: Archivo.

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