“Drácula, el musical” sigue seduciendo pese al paso del tiempo

"Drácula, el musical", creado hace dos décadas por Pepe Cibrián Campoy y Angel Mahler, con el andamiaje económico de Tito Lectoure, en el Luna Park, se ve ahora en el teatro Astral, reducido pero no menos seductor.


Durante tres temporadas, el trío logró la hazaña de llenar noche a noche el coloso de Corrientes y Bouchard, con orquesta en vivo, un megaescenario y asombrosos efectos, aunque con el inconveniente de que los espectadores del fondo sólo pudieran apreciar a los intérpretes a través de prismáticos.

En la puesta actual, donde algunos viejos números parecen difíciles de montar en un escenario normal -el baile que cierra la primera parte- permanecen Cibrián, Mahler y el protagonista Juan Rodó, un bajo-barítono que acompaña desde entonces al dúo.

Faltan el recordado Lectoure, muerto en 2002, e intérpretes como Cecilia Milone (Mina), Paola Krum (Lucy), Damián De Santo (Mascota) Alejandra Radano (Ninette) y Omar Calicchio (Posadero), todos ellos con interesantes carreras posteriores.

Es que "Drácula, el musical", en sus infinitas reposiciones -tanto en Buenos Aires, como en provincias y otros países- es siempre un semillero de futuras estrellas, tal la magia que se desprende de sus puestas.

Una magia que quizá tenga que ver con el origen literario-cinematográfico de su asunto, su mixtura de sexo y vampirismo, y con una estructura dramática y musical que Cibrián-Mahler nunca pudieron superar.

Como se sabe y tiene su origen en la novela de Bram Stoker (1897), un empleado de una empresa que vende tierras (Jonathan Hacker, a cargo de Leonel Fransezze), viaja a Transilvania para entregar al Conde Drácula (Rodó) títulos de propiedad de una abadía en Inglaterra.

El muchacho se introduce en mundos desconocidos -el vampirismo y, en esta versión, algún inesperado acceso erótico- al punto de perder la identidad y hacer que su angustiada novia Mina (Candela Cibrián) se imagine desde lejos lo peor.

Mientras tanto, la chica y su ama (Adriana Rolla) reciben a Lucy (Luna Pérez Lening), íntima amiga de Mina que viene para casarse... pero manifiesta conductas extrañas, porque es ya una víctima del vampiro.

El resto es clásico: el profesor Van Helsing (Germán Barceló) alerta y lucha contra el vampirismo, Drácula cree descubrir en Mina a su amada perdida hace siglos y el peligro de una epidemia de muertos vivientes se apodera de la escena.

Aquí no hay ristras de ajo pero se han multiplicado los crucifijos que alejan a los seres demoníacos.

En el fondo todo es una enorme historia de amor en la que Drácula sufre por no poder amar a Mina y el público, al fin y al cabo, se hace eco de ese sufrimiento.

La puesta de Cibrián atenida al escenario del Astral tiene su gracia, el habitual desplazamiento de masas, una eficaz escenografía hecha de practicables y un manejo de luces ejemplar del mismo autor-director, capaz de crear deliciosas texturas y, con humo, cortinas que parecen corpóreas.

Esta vez con Damián Mahler -hijo del compositor- en el podio, la música, con evidentes influencias de Frederick Loewe, se hace muy atractiva con su "leitmotiv" mezclado con ritmos centroeuropeos, aunque algunos coros suenan empastados.

Junto a la indiscutible capacidad de Rodó para encarnar al Conde, hay muy buenos desempeños de Leonel Fransezze, Luna Pérez Lening y, sobre todo, Adriana Rolla, dentro de un elenco multitudinario y en general muy grato.

La protagonista, Mina, es encarnada por una chica muy bella, Candela Cibrián Tapia, sobrina del autor y valiosa mezzosoprano, en cuyo porte se puede adivinar la sangre de su famosa abuela Ana María Campoy.

"Drácula, el musical", se ofrece en el teatro Astral, Corrientes 1639, miércoles, jueves y viernes a las 20.30, sábados a las 19 y 22.30 y domingos a las 20. 

Fuente: Télam
Foto: Archivo Télam.

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