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Las cosas del querer

Vestuario y fotos de Miguel de Molina en el Recoleta. El franquismo lo persiguió por comunista y homosexual. La muestra recorre una vida apasionada y extravagante en su apuesta estética. 


Debía ser difícil ser comunista y maricón en la primera mitad del siglo pasado. Más todavía si se era “loca” y “rojo” en una España signada por el catolicismo. Y peor aún si se desarrollaba la existencia en esas condiciones luego de la caída de ese experimento humano que produjo la revolución española hasta 1939. Si se era homosexual y de izquierda bajo el franquismo.

Con esas le tocó lidiar a Miguel de Molina, el cantaor que no ocultaba sus simpatías republicanas y que tuvo una exitosa carrera hasta que la llegada del Generalísimo lo obligó al exilio, luego de ser apaleado por su pasado solidario con la gigantesca gesta antimonárquica y antifeudal y por su condición de “maricón”. La persecución también le valió la prohibición de sus películas y la imposibilidad de trabajar en los escenarios. En 1942 partió hacia una Argentina que no era ajena a las disputas que se gestaban en el Viejo Continente, en cuyos bares y calles también se enfrentaban pasiones proaliadas y profascistas y que combinaba un rol de vanguardia metropolitana con impulsos muy conservadores. Sin embargo, el país –como había hecho con tantos republicanos en la diáspora– lo recibió con los brazos abiertos y pudo filmar un par de películas antes de que una orden de la embajada española lo llevara a partir otra vez, en esa oportunidad rumbo a México. Tuvo éxito otra vez, pero extrañaba a la Argentina y los conflictos internos del sindicato mexicano de actores le impedían desarrollar su labor como él hubiera querido. Le escribió a Eva Perón, que ya era la primera dama, y su gestión permitió que regresara al país y a las tablas de la Avenida de Mayo, donde deslumbraría con sus interpretaciones y vestuarios, donde provocaría fanatismo y localidades agotadas, donde viviría como un rockstar en clave camp de la era peronista.

(Habría que revisar cierto prejuicio que existe respecto de la relación entre homosexualidad y peronismo durante sus primeras etapas, ya que el éxito de Molina y la intimidad que compartía Paco Jamandreu con Eva Perón podrían hacer sospechar la existencia de una joie de vivre más allá de las reivindicaciones obreras y el otorgamiento de derechos.)

Su voz interpretando “Bien pagá” u “Ojos verdes” todavía no ha sido superada, a la vez que cada show se planteaba con una performance en la que la sensualidad de sus movimientos, conjugada con los ceñidos trajes de torero, convertían a Molina en un objeto distante de deseo.

La muestra que actualmente se expone en el Centro Cultural Recoleta recorre su vida a través del vestuario, que él mismo elaboraba, y que vestía con elegancia natural –aunque es imposible pensar que debía exhibir sí o sí un gesto kitsch ante el espejo antes de salir al escenario cada noche–. También se muestran fotos, zapatos (¡los zapatos!) y distintos objetos que dan cuenta de la vida del cantaor. Una buena oportunidad para ver cómo era un ídolo en esa época en que los trabajadores se concebían a ellos mismos como los ídolos de toda la sociedad.  

Por Diego Rojas.

Fuentes: Revista Veintitres/ElArgentino.Com
Foto: Archivo.

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