Viva la Mona

A punto de cumplir 61 años, la Mona Jiménez vuelve a tocar este mes en el Festival de Cosquín tras un cuarto de siglo de ausencia. Cómo pasó de un chico humilde a verdadero ídolo de multitudes con 82 discos editados.

 
"Soy un adelantado", afirma La Mona Jiménez. Y no lo dice en chiste, está seguro. No lo piensa sólo por sus 44 años de carrera ni por sus 82 discos que "siguen sonando diferente a cualquier otra banda del momento". Lo dice porque sabe exactamente cuándo y cómo ocurrió ese adelantamiento.

Corría 1972, el año en que La Mona inauguraba su adultez. Tenía tan sólo 21 años pero había vivido al menos el doble. Desde el momento en que falleció su papá, cuando él tenía 16 y decidió fugarse de casa con la prostituta más cara de la ciudad de Córdoba, La Turca, 20 años mayor, su vida había sido una suerte de montaña rusa marginal. Sus días, mejor dicho, sus noches, transcurrían de cabaret en cabaret, de antro en antro, de tugurio en tugurio. Junto a la Turca, a quien había enamorado cantando en la bailanta, había "aprendido a aspirar cocaína", a relacionarse con ladrones e identificar cada elemento del hampa local. Para escapar del amor asfixiante y de dos intentos de homicidio por parte de ella, él había decidido comenzar un romance con la única mujer que podía protegerlo de los revólveres y los facones que la Turca había querido usar para deshacerse de él. La Chichí, líder mechera, recién llegada de Holanda, le había puesto los puntos a la potencial asesina para que "se dejara de joder con el nene", orden que acató inmediatamente. Fascinado con el poder de su nuevo ángel protector y aún asustado por qué sería de él sin su cuidado, La Mona no dudó en seguirla hacia su nuevo destino de "trabajo": Estados Unidos.

Ese día de 1972, él estaba listo para embarcar hacia el exterior y había decidido usar sus últimas horas en el país para ver el partido de Boca - Talleres que se disputaba en la ciudad de Córdoba, hasta que un botellazo lo desmayó en el acto. "Desperté cinco meses más tarde -recuerda hoy-, me pregunté dónde estaba, desde hacía cuánto tiempo que estaba ahí. Me explicaron todo y no lo podía creer. Dicen que un caso en un millón despierta del tipo de golpe que tuve yo. A mí me afectó toda el área de coordinación, se suponía que yo no iba a poder hacer nada. Y sin embargo acá estoy, vivo, sano y encima adelantado a mi época".

–¿Realmente cree que el golpe lo adelantó?

–Pero más vale. En todo. Es como que quedé con el cebo puesto, siempre me lo dicen. Yo no paro, sigo, sigo, y me adelanto a los hechos, a veces, incluso, antes de pensar algo ya lo estoy haciendo, tengo la intuición afilada, una capacidad extra que no puedo explicar.

–Entonces el golpe le mejoró la vida...

¡Me la salvó! Yo iba por un mal camino, si no me mataba la Turca, me mataban los amigos de la Chichí, la botella casi me mata pero al final me dejó mejor.

–¿Dejó la noche después de eso?

–Todo. Las bebidas blancas, la cocaína, el faso no, porque nunca fumé. La Turca decía que el faso era de giles, que te mareaba y te ponía tonto. La cocaína, según ella, te hacía más vivo, más despierto. Pero después de eso dejé todo. Al menos por un tiempo (risas). Haberme despertado fue un milagro, por eso entiendo a la familia de Cerati.

–¿Se comunicó con ellos?

–Sí, les mandé un mail que no sé si les llegó, creo que no. Les contaba esto que me pasó y los alentaba a seguir esperando. Los milagros existen realmente. En mi vida yo vi muchos.

–¿Cómo se prepara para los 61 años, que cumplirá este 11 de enero?

–Con alegría. Voy a sortear 61 mil pesos en un show que voy a hacer en Córdoba, una gran fiesta.

–Hace años que sortea cosas el día de su cumpleaños. ¿Por qué?

–Para recordar de dónde vengo yo y qué necesidades tenía. Sorteé cosas como taxis con licencia para trabajar, y casas, porque aún recuerdo la emoción de tener una casa.

–¿Cómo era su primera casa?

–La cosa más linda que vi en mi vida. Cuando mi papá empezó a trabajar en la Empresa Provincial de Energía de Córdoba, Evita le entregó una vivienda. Mirá, la emoción más grande de tener casa no era tanto la casa en sí, si no el baño.

–¿Por qué?

–Porque hasta ese entonces con mi familia vivíamos en una pieza y el baño quedaba como a media cuadra. No era un baño, era como una letrina. A la noche, si tenía que ir, era horrible, con el frío y eso. Mi mamá me mostró ahí el inodoro y enseguida le pregunté admirado qué era ese otro artefacto que estaba ahí. Era un bidet. Me cambió la vida. Desde ese momento amé a Evita, como toda mi familia. La amo a la altura de mi mamá y mi hermana, y siento que nadie nunca jamás se le pareció. Ella realmente supo tener el alma del pueblo que quiere alegría. Ella nos dio alegría.

En Córdoba, el nombre de La Mona Jiménez también es sinónimo de alegría y celebración. La Mona dice que no recuerda una vez en que no haya podido encender la fiesta con su música, pero sí recuerda uno de los peores momentos que vivió en escena. Y fue exactamente hace 25 años, cuando debutó en el Festival de Cosquín. Su éxito local ya era innegable y los organizadores decidieron hacerle un lugar, aunque también le hicieron una trampa. "Vendieron como tres veces la misma butaca, un desastre. Ya que hubiera butacas era un desastre porque la gente en mis shows no mira, baila". La Mona no llegó a terminar la segunda canción. Anonadado miraba desde el escenario cómo la gente se pisoteaba entre sí, se peleaba por las butacas y producía avalanchas. El colmo llegó cuando el público que había quedado fuera del recinto derribó el alambrado y entró corriendo al predio. "Pensé que se mataban todos y tuve que frenar el recital –explica–. Desde ese día no dejé de visualizarme terminando esa presentación, ese recital es una espina que me quedó clavada en el corazón y que todavía me duele", dice emocionado. Sucede que el escenario no es para él su lugar de trabajo, es su vida.

-¿Siempre supo que iba a dedicarse a esto?

-Sí, siempre, pero no fue fácil. Como cantaba por el pancho y la Coca, mi mamá, cuando murió mi viejo, quería que yo siguiera trabajando en la Empresa Provincial de Energía de Córdoba donde trabajaba mi viejo. Era un sueldo, una jubilación y beneficios, pero yo sabía que si entraba ahí listo, después me casaba, tenía un hijo y seguía de largo. No era la vida que yo soñaba. Yo le decía a mi mamá que iba a dejar de cantar por el pancho y la Coca y me iba a ir bien, que iba a ser profesional. Pude lograrlo.

-¿Por qué piensa que la gente lo ama tanto?

-Yo traigo alegría al pueblo, la gente viene a bailar, a festejar su vida, a pasarla bien. Yo he vivido épocas malas, como en la dictadura, cuando se la agarraban con nosotros. Los policías tenían que meter 800 detenidos por fin de semana y en vez de investigar, de hacer su trabajo, venían a mis shows y se llevaban a 800 directamente, aun en la matinée.

-¿Cómo se siente con la actual reivindicación de los derechos humanos?

-Está muy bien. Pero yo tuve reivindicaciones antes. Para mí que los hijos de esa gente se encierre a escuchar mi canción es el mayor triunfo. Es el triunfo de la alegría. 

Por: Denise Tempone.

Fuente: 7 Días / Foto: Web.

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