Justin Bieber en River: tirate un paso

El ídolo adolescente llenó el Monumental por primera vez; hoy toca nuevamente en el mismo escenario. Mirá todas las fotos.



Si hay una industria que no puede darse el gusto de dormir en sus laureles, esa es la de la música pop. La factoría de ídolos adolescentes, que hasta el año pasado tenía a los Jonas Brothers en su sitial de privilegio, hoy entroniza a un joven canadiense cosecha 1994; Justin Bieber, el chico del brushing perfecto, es ahora el dueño de todas las miradas y de todos los suspiros. Un ídolo que, a diferencia de todos sus antecesores, llegó a rey teen indiscutido sin necesitar de los medios tradicionales: mientras los Jonas tenían al Disney Channel de su lado, los Backstreet Boys dependieron de cientos de FM Hits alrededor del mundo y hasta los Beatles contaron con el trampolín Ed Sullivan, aquí la reina fue la web. En YouTube surge Justin, en YouTube se desarrolla Justin; en Twitter se apuntala el fenómeno Justin, colecta admiradoras, recoge enamoradas.
Su primer recital en suelo argentino demuestra que los cerebros detrás del fenómeno tienen bien claro a quién le están hablando. El de Bieber es un show clipeado, hiperfragmentado, para que no decaiga: no pasan dos temas sin que algo suceda. Un video del niño JB jugando con sus hermanos o aprendiendo a tocar la batería; una arenga del DJ; un minishow a capella del grupo vocal que acompaña al ídolo; otro video de los ensayos de la banda. El objetivo se cumple: las 45 mil gargantas que colmaron el Monumental mantienen su atención fija y no dejan de gritar jamás durante la hora y media de show.
A falta de una puesta en escena sorprendente, de imágenes atractivas en las pantallas o de grandes performances de los bailarines, todo queda en manos del cantante. Y allí va él, conjunto rojo, chaleco negro, lentes negros, botitas al tono, a cargarse el show a los hombros con mucho más dominio escénico del esperable para su edad. "Love Me", hit movido con sampleo de "Lovefool" de The Cardigans con base tecno incluida, es el elegido para arrancar. De allí sobrevendrán los pasitos hiphoperos, el baile de robot, los gritos al sacarse las gafas, las palabras que sus "beliebers" de rigurosa remera, bluyíns y olstárs quieren escuchar: What's up Buenos Aires, estoy contento de estar aquí por primera vez, yo haría cualquier cosa por mis fans. Un bloque acústico de la mano de "Never Let You Go", una chica elegida al azar del público para subir al escenario (con sospechosa tranquilidad al saludar al ídolo y sentarse en el banquito a escuchar "One Less Lonely Girl"), una tanda algo más arriba ("One Time", "That Should Be Me"), un comprimido de covers ("Wanna Be Starting Something" y "Walk This Way"), una clase de música en vivo: chicas, esto es un bajo; chicas, esto es un sintetizador; chicas, esto es una batería: permiso, la voy a tocar yo. Termina su solo, tira los palillos, más gritos ante el momento más rocker de la noche.

Sobre el final, Justin termina de mostrar que sí hay un músico detrás de todo: se sienta en un piano surgido para la ocasión y se despacha solito con "Down To Earth", el tema con el que se despide por primera vez del escenario. "Gracias y buenas noches. Con amor, Justin", reza una placa estática escrita en Comic Sans en las pantallas. Claro que todo es una mentira: nuevos carteles que buscan alaridos, y allí vuelve nuestro niño preferido, ahora con un saco con glitter. Baila un poco más, agita una bandera argentina firmada por sus fans, lanza los últimos temas ("Mistletoe" y el hit "Baby") y se despide para siempre, ya en musculosa y habiendo eliminado su nunca bien ponderado flequillo. Adiós, Justin. Adiós.

Por Ignacio Guebara

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Fuente:Rolling Stone Argentina/Fotos:Marcelo Gómez

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