El triunfo del mal: Lo siniestro como objeto de deseo.

Como nunca, los villanos de la tele son adorados por el público. Una bipolar y un corrupto con fans. ¿Seguidores de la ficción o fanáticos de una realidad apocalíptica?



Desde tiempos inmemoriales la aparición de algunos malos despertó la curiosidad y algo más de la humanidad. Con su teatro isabelino William Shakespeare daba cuenta, debajo de los ropajes de sus célebres Ricardo III y Lady Macbeth, de hasta dónde es capaz de llegar un individuo. Como sujeto del mal o como simple espectador ardiente del mismo. Y aunque las mieles de la bondad tienten a algún que otro aprendiz del arte, todo actor que se precie de tal, en algún momento sueña con personificar semejante malicia interpretativa. Como nunca, los villanos han tomado protagonismo en la televisión. Ya sea en los culebrones del prime time local, o en las series cultivadas por el mundo alternativo.


Nadie ha logrado en 2011 reventar las taquillas amorosas como Leticia Brédice y Lito Cruz, con sus papeles pérfidos de Verónica San Martín y Oscar Nevares Sosa, en El Elegido. Con las interpretaciones sublimes de una bipolar aristocrática y malísima, y un abogado dispuesto a todo, corrupto y diabólico, han logrado desbancar el lugar de privilegio que han ocupado el héroe y la heroína tradicionales. Con twitters que hacen uso de su nombre, páginas de Facebook con frases antológicas, y un usufructo evidente de los autores de las escenas en solitario, donde Brédice da cátedra de interpretación de lujo, Verónica San Martín hipnotizó al público como nadie. Y la dupla pérfida que conforma junto a Cruz, motoriza el encendido de la novela.

Sin embargo no son estos perversos quienes dieron el puntapié inicial en la batalla por el mal. El año pasado un público cautivo siguió de cerca la actuación de Juana Viale en su Renata de Malparida. A pesar de haber recibido críticas por su performance dudosa, una clientela fiel siguió el desarrollo de los acontecimientos ejecutados por la malvada. Hasta el final, su personaje nunca dudó en seducir y destrozar a un padre y a su hijo, y a cualquiera que se le pusiera en el camino. Una chica linda sin escrúpulos. Sin ninguno. La mala como protagonista absoluta de la narración. Como si la bruja de Blancanieves hubiera desbancado a la grácil princesa y sus enanitos.


El universo fanatizado por las series norteamericanas anuncia la muerte del cine y de la literatura en pos de la televisión en lata. Como seguidores del gurú posmoderno del monitor, decretan que las series y sus satélites son la piedra filosofal de cuanta práctica existe. Y así con el podio de malditos. También ellos enarbolan a sus chicos malos, entregándoles además premios y secuelas interminables. La cadena Showtime largó al estrellato al personaje de Dexteren septiembre lanza su sexta temporada–, un psicópata y asesino serial, que con la excusa de la justicia por mano propia, pone en acto las prácticas psicopáticas más horrendas del ser humano. Lo mismo había sucedido con Tony Soprano, un mafioso, asesino y demás adjetivos descalificativos, quien durante ocho años –de 1999 a 2007– fascinó a todo el público femenino y del otro. Con seguidores de todo el globo, James Gandolfini le dio vida a un personaje que en otros tiempos hubiera sido el villano segundón, pero que en los tiempos que corren se encumbró en las grandes ligas. ¿Proyección encubierta? ¿Seducción ante lo prohibido? Se pueden ensayar varias respuestas para tal incógnita. Pero de lo que todos estamos seguros es que el accionar del psicópata siempre seduce hasta el más mentado. La capacidad del encantador de serpientes por hipnotizar, es su destreza. Continente y contenido son el origen de esta disyuntiva. Cuál el cometido por atrapar la atención. Ya lo había logrado Anthony Hopkins con su emblemático Hannibal Lecter en El silencio de los inocentes. Asesino, caníbal y adorable.


Ya nadie quiere ver la bondad como único ingrediente expresivo en sus bufones. El arte representa la realidad o sólo es un hecho estético. He aquí la polémica de sus protagonistas. Pero de lo que sí se trata es de colocarse como entes receptores, y ya no para enaltecer lo bello y lo bueno como conceptos válidos, sino considerar el mal como una opción de la vida. ¿Mundo de la realidad o de ficción? Habrá que investigar hasta dónde llegan sus límites.
Por Florencia Canale.

Fuente: Revista Veintitrés.

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