Ozzy Osbourne en GEBA: Señor de este mundo

El Príncipe de las Tinieblas repasa su trayectoria y supera sus achaques apoyado en cuatro jóvenes con hambre de gloria.


Quienes estuvieron en GEBA fueron con la intención de ver, no a un eximio exponente de las artes vocales sino a un emblema, al más grande estandarte de un género que tiene más de estilo de vida que unas cuantas religiones que andan dando vueltas por el mundo. Y el emblema estuvo, claro. A los tumbos en lo musical (mantener el pitch es hoy, para Ozzy Osbourne, una tarea titánica que sólo cumple de a ratos) y con los achaques de señor mayor amplificados por décadas de ingesta hiperbólica de todo tipo de sustancias horribles, pero también con una energía que no deja de sorprender a quienes lo veíamos vegetar en sendos sofás en su sitcom familiar, con un aura de frontman místico que no va a empalidecer jamás ante su apariencia de tía y -lo más importante- con el mejor entorno que una arquitecta maquiavélica (Sharon, nos sacamos el sombrero) puede crear: una banda de rock n' roll joven, cruda, forajida y sedienta de sangre, de esas que parecían extinguidas con Guns N' Roses pero que, por suerte, cada tanto aparecen para devolvernos la boludez alegre del air guitar.


Más allá de sus consabidos talentos, el mayor mérito de la carrera de Ozzy siempre fue el saber con quién juntarse, llámese Tony Iommi, Randy Rhoads, Zakk Wylde o como sea. Y aquí lo hace una vez más, insertando su maltratada leyenda en un grupo aceitado y funcional para redondear una propuesta que no puede ser otra cosa más que intensa, teniendo en cuenta que está propulsada por cuatro muchachos de treinta años con hambre de gloria y encabezada por, bueno, el cantante de Black Sabbath. Y claro, hay un detalle más: el setlist, compuesto por un par de temas nuevitos (sobresale el decente "Let Me Hear You Scream") y un montón de gemas imbatibles de los 70, 80 y 90. La versión nerviosa de "Mr. Crowley", por ejemplo, iniciada con una risa siniestra y de ahí a la estratósfera, deja en evidencia que la cabeza de murciélago no fue una excepción en su dieta, mientras que el riff de "Suicide Solution" demuestra su facilidad para pararse en esa delgada línea (sin dobles intenciones) que separa al metal del rock clásico más afecto a Norteamérica que a su Birmingham natal.


Los "lentos" de Ozzy merecen mención aparte, con un "Road to Nowhere" que derrocha sinceridad ("through all the happiness and sorrow/ I guess I'd do it all again") y un "Mama I'm Coming Home" esperadísimo que, demonios, llegó justo en los bises, cuando sus cuerdas vocales dijeron basta y se vio obligado a graznar este himno y otro incluso más importante: "Paranoid", el cierre del show. Porque lo mejor de Sabbath, obviamente, también dijo presente: "Rat Salad", "War Pigs", "Fairies Wear Boots" y "Iron Man" aparecieron revitalizadas por el empuje de sus jóvenes socios, en especial el del guitarrista Gus G., que demostró que los grandes zapatos de Zakk Wylde no se llenan únicamente con destreza y se despachó con un solo en el que llegó a citar a Piazzolla.


"Bark at the Moon" con gran luna en alto, y "Crazy Train" con una formación ferroviaria pasando tras el escenario, parecieron confirmar con sus casualidades la impresión general del show: Sharon no para de sacar conejos de la galera a la hora de mantener a su marido en el pedestal del rock n' roll. Roto y maltratado, Ozzy no para de arengar, tirar espuma, mojarse, pedir que nos volvamos locos y, obvio, cantar como puede algunos de los mejores temas del metal mundial, mientras su imparable banda hace el resto. Más allá de un par de puntitos extra de volumen (¿sigue el problema de los decibeles en Buenos Aires?), no podemos 
reclamar mucho más.


 Por Diego Mancusi 















 Fotos: Segismundo Trivero.

Fuente: Rolling Stone Argentina.

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