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Haceme Pop

El 27 se presenta en el Gran Rex. Con 23 años y dos discos, apunta a más de lo que todavía es. Una buena oportunidad para discernir con criterio propio, si una de las promesas del momento puede ser realidad.  


Kate Nash tiene algo de Regina Spektor, sobre todo en la búsqueda de sus tonos agudos, cuando se eleva en su inglés bien británico con reminiscencias de su Dublín natal. De Spektor dice ser admiradora. Pero su voz, cuando se pone algo más cálida, permite cierta asociación con Björk. Mucho menos, seguro, pero cuando se apacigua y se pone romántica, la influencia de la islandesa se hace presente.

Nash, de todas formas, está muy lejos de ambas. Parece algo apurada, por decirlo de algún modo. Al cantar, y también al andar por el mundo. En eso, sin los excesos, tiene el ritmo de Lily Allen, la cantante inglesa que derrapa más seguido que un pato criollo (cada paso una cagada, para los que no sepan sobre la expresión popular) y que al ponerla como amiga en su My Space disparó la popularidad de Nash hacia lugares, como suele decirse, insospechados. Nash y otros nuevos artistas, especialmente músicos, harán revisar esa expresión: Internet parece que hace sospechar todos los lugares, incluso los que antes parecían insospechados. Y en eso la irlandesa está más cerca de Allen que de Björk y Spektor.


Para aclarar los tonos: Kate Nash es buena, canta muy bien y sus temas saben tocar el corazón de la gente. Podría ser mucho mejor, como la mayoría de los mortales, aunque en ella se nota una gracia que la industria parece querer domesticar. Podría decirse que se trata del síndrome Allen: no dopar tanto al caballo como para que no se desboque rápidamente y se salga de pista enseguida, pero no por eso dejarlo desarrollarse a su ritmo, que al fin y al cabo el negocio es el negocio. El asunto es que el control lima una veta que en el caso de Nash puede ser irremediablemente rica; no en el sentido industrial del término, claro.


De ella, por ejemplo, por ahora sólo se sabe que nació en julio de 1987 en Dublín y que pronto su familia se trasladó a Londres, donde la niña aprendió música y canto. En las fotos que aparecen en Internet se la ve casi siempre sonriente, en expresión de cantante folk norteamericana cuando agarra la guitarra, en expresión de chica pícara de los 50 si está al micrófono o en algún video. La mano de productores puestos a hacer un producto se le nota por varios lados. Por algo la chica quiere ponerse a estudiar ingeniería de sonido como para ser productora, de discos propios o de otros. Una incomodidad, tal vez un manoseo.


Con solo dos discos, Nash se presenta como la nueva voz del pop. Como si el pop necesitara voces en vez de artistas. Madonna hay una sola, dirán los ultras. Lo que no hay, en verdad, son más años 80. Y por lo tanto tampoco hay ventas y ganancias siderales. Y si pertenecer tiene sus privilegios, perderlos acerca a la locura. En eso, que se traduce en quemar talentos con la velocidad que un pirómano podría consumir una caja de fósforos,  parece estar empeñada la industria, que lanza a la chica a una gira internacional de la envergadura de un artista más que consagrado sin importarle mucho cuánto de Nash podrá volver en una nueva oportunidad: ya buscarán otra/o que cumpla la función del fósforo.


My Best Friend Is You, su segundo disco, puede decirse que es el nombre de la esperanza. La esperanza Nash, al menos. Suena alegre, divertido, con una dosis de atrevimiento que suena a réplica, cierto despecho: la chica cambió de productor (a Paul Epworth por Bernard Buttler) y consiguió algo más cercano a lo que buscaba, lo cual es necesariamente mejor, porque es más auténtico. Eso, en la música, es fundamental.


El próximo 27 de febrero en Buenos Aires será una buena oportunidad para medir hasta dónde la Nash que parece querer soltar amarras está en condiciones de hacerlo, o si se trata de un arrebato que la puede llevar a morir en el intento. 

Por Jorge Belaunzarán.

Fuente: Asterisco/El Argentino.Com
Foto: Archivo.

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