Calle 13: de heterogeneidad y conciencias

El recital de Calle 13 en el Luna Park reproduce fielmente la heterogeneidad de la banda: el discurso y la pose antiimperialista presentados desde el corazón de la industria cultural de la Coca Cola y Adidas. 


El pibito, de no más de 10 años y 40 kilos, se contorsiona frenético, espasmódico; a su lado, su mamá parece tanto o más excitada que el niño; en las tres butacas siguientes, las hermanas se agitan extasiadas, catalizadas por el boricua que canta en cueros: allá en el escenario, René habla de la inmigración y de EE.UU. y de la bestialidad judicial del estado de Arizona. 

A las chicas no parece importarle demasiado, no paran de gritar, estimuladas por la cadencia del Residente; el nenito ya no aguanta más el calor y se saca la remerita del San Isidro Club (SIC, tradicional club de rugby) que traía puesta e, imitando la pose y los movimientos corporales raperos de su ídolo, repite las consignas que serán una herejía indecible cuando en la adolescencia empiece la facultad privada.

El recital de Calle 13 en el Luna Park reproduce fielmente la heterogeneidad de la banda: el discurso y la pose antiimperialista presentados desde el corazón de la industria cultural de la Coca Cola y Adidas; la platea súper pullman (a 200 pesitos la butaca) repleta de clase media que aplaude la retórica incendiaria de Residente y que a la vez pide la baja de imputabilidad y le arrima el bochín a la xenofobia macrista; el campo abigarrado de troskos miopes que detestan la democracia burguesa en la que es lo mismo CFK que Duhalde, comparten escena con raperos a-políticos y rolingas.

El ámbito ígneo, los cuerpos transpirados y en ebullición de las chicas, el frenesí de René y los movimientos felinos y la voz estridente de Ileana (la hermana), la banda sonando a tiempo, limpita; las letras como un punzó, el bajo y el bombo sonando en el estómago. 10 mil tipos y tipas explotando en un Luna rebalsado.

Residente hace un alto y hace subir a una chica del público: es la hermana de una de las víctimas de la represión policial en Formosa sobre la comunidad toba de aquella provincia. La piba le pone una remera y la platea aplaude, el campo delira. Coca Cola auspicia. 

La industria cultural gira y produce a un ritmo demoníaco: no hay más entradas, mientras René despotrica contra los "gringos" y sueña con un Puerto Rico libre porque, dice mientras todos escuchan y algunos entienden, que su país es una colonia. 

La ilusión es completa mientras la música hace mover a todos: allá arriba, a esa finísima rubiecita que se menea con sensualidad sobre una chatitas de Sarkany mientras suena Elektromovimiento; y allá en el escenario, donde una pulposísima rola de flequillo morocho incomoda hasta al mismísimo René, que no sabe como hacer para evitar que la chica lo viole ahí mismo.
Se va René. Se va Ileana. Se va Visitante. Se va la banda. 

La liturgia rockera se expresa y luego de varias ovaciones, regresa un grupo de monjas. Se desvisten todos y Residente se saca el disfraz para quedar apenas vestido con un collar de dinamita. Hay más Calle 13, van casi 2 horas de recital. 

La simbología y las letras son tan potentes como la guitarra al frente de Calma Pueblo o los coros de Ileana en Latinoamérica o el bandoneonista de Bajo Fondo o esa banda exótica que suena afilada a pesar de los problemitas de sonido o Calamaro haciendo coros y segunda guitarra en Nadie como tú. 

La platea aplaude el show, el campo delira con las consignas y Adidas, Coca Cola y Sony facturan. Todo en orden. Todo encaja. Inclusive Calle 13, mientras algunas conciencias despiertan al amanecer.

Por Gonzalo Santos.

Fuente: Diagonales/ElArgentino.Com
Foto: Archivo.

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